Bitácora de la Marina Mercante

bitacora 01Durante la Colonia el comercio exterior era monopolio exclusivo de la Corona de España, el intercambio externo era realizado por la complicada y demorosa ví­a Panamá-Callao y la actividad naviera estaba reservada solo para satisfacer los intereses del Virreinato de Lima. Lo anterior dejaba la Reino de Chile limitado a un simple porteo de cargas dentro de los incipientes puertos, a la pesca artesanal y a las actividades ilícitas de contrabando, todo lo cual estaba enmarcado en una casi inexistente conciencia e intereses marítimos.

En los débiles inicios de la Patria Vieja el Libertador Don Bernardo O´Higgins , con 32 años de edad, impulsó a Don Juan Martí­nez de Rozas, miembro de la Junta de Gobierno, para adoptar dos medidas esenciales, como eran las de crear un Congreso Nacional y decretar la libertad de comercio.

Una de las primeras medidas de la Junta de Gobierno, el 21 de Febrero de 1811, fue decretar esa libertad de comercio exterior a todas las banderas amigas a través de los puertos mayores del país como lo eran los de Coquimbo, Valparaí­so, Talcahuano y Valdivia, abriéndolos al comercio mundial y dejando sin efecto la prohibición de la Corona Española en tal sentido.

Ante esta situación, el Virrey del Perú, Fernando de Abascal (1811-1812), armó corsarios para bloquear los puertos e impedir el libre comercio; el temor iba más allá de lo comercial, pues se quería impedir la entrada de ideas libertarias propaladas por la Revolución Francesa y el contrabando de armamento.

En 1813, ante la actitud del Virrey, la Primera Junta de Gobierno decidió organizar una defensa naval, para lo cual encomendó al Gobernador de Valparaíso, don Francisco de la Lastra realizar algunas adquisiciones pues no se contaba con ningún elemento. De la Lastra, educado en la Marina Española, arrendó una fragata norteamericana, “Perla” y compró un bergantín, “Potrillo”, armándolos con cañones y rifles.

España había impuesto desde el tiempo de la conquista, el monopolio del comercio marítimo a buques de esa nacionalidad. La Nación chilena, que se encontraba en formación, aún no contaba con una Marina Mercante propia que pudiera haber provisto los buques necesarios para ese propósito.

bitacora 02En 1813 se decidió rebajar los derechos aduaneros a las mercancías que arribaran en buques de bandera chilena, a los buques que sus tripulaciones estuvieran compuestas por dos tercios de chilenos, a los buques comprados en el exterior y los insumos para mantener su operación. Pero estos esfuerzos no dieron los resultados esperados, debido a que el factor de riesgo era muy grande para los financistas, por estar aún indemne la flota española del Pací­fico. Por estas razones, el Gobierno del General O’Higgins debia comprar con muchos sacrificios y esfuerzos, los buques necesarios para la magna empresa de liberar al Perú y contratar tripulantes extranjeros, que no todas las veces cumplían con los deberes para los cuales habí­an sido enganchados.

Dentro de este contexto, es destacable la primera patente de navegación otorgada, el 26 de Junio de 1818, a la fragata “Gertrudis de la Fortuna”, perteneciente al Armador Don Francisco Ramí­rez. En esta fecha se celebra en la actualidad el día de la Marina Mercante Nacional. En la misma Epoca se funda la Companí­a Naviera de Calcuta, cuyas naves unieron nuestras costas con las de India y China en la remota Asia, llevando nuestro pabellón y abriéndonos al mundo. Ello llevó, a que a mediados de 1819, en Valparaí­so era fácil encontrar un alto número de grandes navíos dedicados a faenas de carga y descarga en sus muelles.

Durante la Guerra contra ala confederación Perú-Boliviana se produjo nuevamente el problema de no contar con una Marina Mercante propia, pero con menor gravedad, ya que existí­an algunas companías que operaban buques en cabotaje y en viajes a Asia y a la costa occidental del continente americano, gracias a exenciones tributarias promulgadas en 1834 para incentivar la Marina Mercante.

bitacora 03A pesar de lo anterior, el Gobierno nuevamente tuvo problemas para adquirir naves para poder llevar las expediciones del Almirante Manuel Blanco encalada y del General Manuel Bulnes Prieto al Perú, porque muchas naves nacionales habí­an cambiado de bandera ante el temor de los navieros de una eventual pérdida. Sin embargo, muchas de éstas se encontraban disponibles en el país, debido a un nuevo tratamiento especial para la Marina Mercante promulgada en 1836, lo que ya constituía una fundamental diferencia con respecto a los tiempos de O’Higgins.

Pasado el conflicto, una década después, encontramos una Marina Mercante pujante, que activamente transportaba mercancías a California, lugar donde la fiebre del oro atraía a miles de personas de distintas nacionalidades y orí­genes. Nuestra Marina Mercante contribuyó con muchos de sus ciento diecinueve buques a mantener a los mineros californianos provistos de los artículos necesarios para su subsistencia. Por otro lado, los astilleros Duprat y de don Martín Stevenson en Valparaíso y los siete existentes en Constitución bullían de actividad de construcción y reparación de naves.